La política ambiental y la ingeniería automotriz vuelven a cruzarse en Estados Unidos. La reciente decisión de la Agencia de Protección Ambiental (EPA), respaldada por la administración de Donald Trump, de eliminar los créditos regulatorios vinculados a la tecnología “start-stop” marca un punto de inflexión en la discusión sobre eficiencia energética y reducción de emisiones en los vehículos modernos.
El sistema de apagado y encendido automático del motor, ampliamente adoptado en la última década, fue concebido como una solución para reducir el consumo de combustible y las emisiones en entornos urbanos. Su funcionamiento es simple: el motor se apaga cuando el vehículo se detiene por completo y se reactiva al retomar la marcha, con el objetivo de disminuir el tiempo de ralentí. Según estimaciones técnicas citadas por especialistas del sector, esta tecnología puede aportar mejoras de entre 7 % y 26 % en el consumo de combustible, especialmente en conducción urbana.
Sin embargo, el nuevo giro regulatorio elimina los denominados “créditos off-cycle”, que permitían a los fabricantes compensar parte de sus objetivos ambientales mediante la incorporación de este tipo de soluciones tecnológicas. Con esta modificación, la instalación del sistema dejaría de representar una ventaja normativa directa para las marcas, lo que podría influir en su permanencia en futuros desarrollos de producto.
Desde la administración estadounidense, la medida se ha enmarcado dentro de una estrategia más amplia de desregulación ambiental y revisión de políticas vinculadas a emisiones vehiculares. Autoridades han señalado que la decisión busca reducir costos para los consumidores y devolver mayor libertad de elección en el diseño automotriz, mientras que críticos advierten que podría debilitar avances orientados a la eficiencia energética.
En paralelo, el debate técnico continúa abierto. Aunque el sistema fue diseñado para disminuir emisiones y consumo, también ha sido objeto de críticas por parte de algunos conductores debido a la sensación de retraso en la respuesta del acelerador y a percepciones sobre el desgaste de componentes. Aun así, su adopción se volvió masiva en la industria global, integrándose en cerca de dos tercios de los vehículos modernos.
Más allá del mercado estadounidense, el impacto potencial trasciende fronteras. Los cambios regulatorios en una de las principales potencias automotrices suelen influir en la planificación global de los fabricantes, especialmente en un contexto donde la transición energética convive con debates sobre costos, usabilidad y sostenibilidad tecnológica.